Cuando todavia era pequeño, Gian Lorenzo Bernini dibujó un San Pablo perfecto bajo la atenta e incrédula mirada del Papa Pablo V. El Pontífice pronosticó que el joven Gian Lorenzo se convertiría el nuevo Miguel Ángel del Barroco. Y así fue.

Bernini cubrió el cargo de arquitecto en jefe de la Fábrica de San Pedro durante más de cincuenta años. Nadie como él cambió la faz de la ciudad de Roma con sus esculturas, fuentes y palacios.

Revolucionó el arte por su nueva forma de entender la relación entre obra y espacio, gracias a su incomparable habilidad en representar el movimiento en las artes plásticas.

Sus inicios

Aun habiendo nacido en Nápoles en 1598, Bernini se consideraba de origen florentino, un poco por los orígenes toscanos de su padre Pedro y también por la tradición artística renacentista de Florencia, de la que se consideraba un digno heredero.

En 1606 se mudó a Roma. Fue su padre, un escultor, quien lo inició en el mundo del arte. Frecuentó además, la Academia de Aníbal Carracci. A los dieciséis años realizó su primera escultura de bulto redondo: el Martirio de San Lorenzo.

Era tan puro el talento de Gian Lorenzo Bernini, que el Papa Pablo V se lo presentó a dos importantes mecenas del tiempo, los cardenales Maffeo Barberini y Scipione Caffarelli-Borghese. Para éste último, sobrino del papa, Bernini esculpió algunas de sus mejores obras como Plutón y Proserpina; el David y Apolo y Dafne. Se conservan todavia en Villa Borghese, la gran residencia del cardenal. Estas piezas se caracterizan por la habilidad de haber sido representadas en posiciones complejas.

La Basilica de San Pedro, la arquitectura como escenografía

En 1623 el mecenas de Bernini, Maffeo Barberini, se convirtió en el Papa Urbano VIII.

El nuevo pontífice consideró a Bernini como a Miguel Ángel, es decir, un artista universal capaz de marcar una época en la historia. Por ello quiso que sobresaliese no solo como escultor, sino también como arquitecto y pintor. Ésta última esfera mantiene una dimensión privada, algo que no ocurre sin embargo, con la arquitectura.

La primera tarea que le fue asignada en la Basílica de San Pedro fue la de realizar un monumento para el altar del crucero. Se colocaría sobre la misma tumba de San Pedro y ocuparía parte del espacio entre el suelo y la cúpula.

Bernini creó un magnífico baldaquino de bronce de 29 metros de altura. El peso de la obra es de 63 toneladas, pero lo contrarresta con una imagen grácil por el uso de las maravillosas columnas salomónicas. El bronce de la pieza proviene de las placas del ingreso del Pantheon, que se expoliaron de allí para realizarlo, algo que fue duramente criticado en la ciudad y de donde proviene una célebre frase contra la casa del Papa: “Aquello que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini”.

En 1629 Gian Lorenzo Bernini fue nombrado arquitecto en jefe de la Fábrica de San Pedro. En aquella época la Basílica tenía un aspecto muy diferente pero acogía ya muchas obras importantes.

Bernini tuvo una gran idea, que fue darle un significado a los gigantescos pilares del crucero. Fueron dedicados a las cuatro grandes reliquias presentes en San Pedro: El sudario de la Verónica; la lancha del soldado Longino; el fragmento de la Cruz que halló Santa Elena y la Cabeza de San Andrés. En cada pilar fue colocada una escultura con el santo y su reliquia.

Otra exitosa propuesta del artista fue la de reproducir en toda la basílica la decoración del suelo del crucero, con mármoles blancos e insertos de otros colores.

Entre las numerosas obras que Bernini esculpió para la Basílica, merece una mención especial el monumento funerario del Papa Alejandro VII.

Como no quedaban espacios en las capillas, el escultor usó una hornacina que había sobre una puerta de salida, que precisamente, se usaba muchísimo, por lo que no se podía cerrar ni bloquear. El gran artista del Barroco viró el punto de vista, que pasó de ser un problema a ser el centro del monumento, pues desarrolló la composición sobre y a los lados de la puerta.

Alejandro VII está de rodillas, en una posición poco utilizada en este tipo de esculturas hasta entonces, que simbolizaba la humildad del Papa. A los pies del Pontífice colocó un esqueleto con una clepsidra en la mano que levanta el paño rojo anaranjado de travertino. La puerta, cabalgada por esta representación de la muerte queda así tan implicada en la composición que representa la entrada al infierno.

Los brazos de columnas de la Plaza de San Pedro fueron sin duda, la gran contribución de Bernini a la Fábrica de la iglesia. Según sus propias palabras, acoge a los fieles como el abrazo de la Iglesia que se abre al mundo.

Su rivalidad con Borromini y otras anécdotas

Es sabido que entre Bernini y otro gran arquitecto del Barroco, Francisco Borromini, había una gran rivalidad. Las desavenencias entre ambos nacieron tras la muerte de Carlo Maderno, el arquitecto en jefe de la fábrica de San Pedro. Borromini fue uno de sus asistentes y todo parecía presagiar que sería él quien daría el relevo al anciano arquitecto. Pero el Papa Urbano VIII prefirió sin embargo que la posición la ocupase Gian Lorenzo Bernini, que como arquitecto era menos experto que Borromini.

La fuente de Los Cuatro Ríos de Bernini está en Plaza Navona, precisamente frente a la Iglesia de Borromini Santa Inés en Agone. Se dice que dos de las esculturas de la fuente se cubren el rostro por miedo a que la iglesia se caiga sobre ellos y que las posturas que asumen sea una tomadura de pelo al eterno rival. La verdad es que se trata solo de una leyenda, pues la fuente se terminó antes de realizar el edificio.

Hay una obra en el centro del ábside de la Basílica de San Pedro que resume toda la carrera artística de Bernini y es la Cátedra y la Gloria. Un monumento de bronce que encierra la antigua cátedra de San Pedro y una nube dorada donde se funden ángeles y rayos de luz. Cuando la obra se inauguró, el Pontífice se emocionó tanto que cayó de rodillas frente a ésta y se puso a rezar.

Cincuenta años antes de aquél evento, Bernini fue hasta la Basílica acompañando a su maestro Aníbal Carracci, quien, observando el ábside vacío dijo que un día llegaría un artista digno de adornar aquél espacio.

Desde aquél momento, Bernini deseó fuertemente convertirse en el hombre que lo habría hecho realidad.